Santa Isabel – Cuento de Realismo Mágico

in hive-185836 •  2 months ago 

Fuente de la imagen: Pixabay.


Santa Isabel

Alberto había llegado una semana atrás al caserío de Santa Isabel que quedaba en mitad de la montaña, camino a las haciendas cafetaleras.


Santa Isabel apenas tenía una treintena de casas, incluyendo al bar, diseminadas entre los árboles. Las calles eran de tierra y así han sido desde hace más de sesenta años.

El caserío surgió en los tiempos del auge cafetalero y sirve para albergar a los recolectores del fruto divino. Han pasado las décadas y Santa Isabel sigue siendo lo mismo, un caserío improvisado, casi siempre vacío excepto en los días de cosecha.

Eran las cuatro de la tarde y Alberto se encontraba en el bar. Tenía cuarenta y siete años pero se veía de ochenta años por la mala y dura vida que le había tocado vivir. Entre cerveza y cerveza se divertía echando cuentos a los forasteros que también estaban en el lugar. Reía a carcajadas cada vez que terminaba alguna de sus fantásticas historias.

Era muy conocido, entre los pocos lugareños, por sus exageraciones. Pero los nuevos recolectores lo miraban de reojo.


Un hombre, de unos treinta años, lo increpó luego terminar uno de sus cuentos. Le dijo que todos estaban allí para pasarla bien y conversar entre amigos pero que él, Alberto, con su alto tono de voz lo impedía. -¡Cállate, charlatán!, Le gritó desde su mesa.


Alberto que se encontraba en la barra, en uno de los tres asientos giratorios, se volteó hacia donde la voz masculina le había reprendido. Se sintió insultado.

Tomó el resto de la cerveza, que le quedaba en la botella, de un solo sorbo. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia aquel hombre, nuevo por esos lugares.

-Charlatán me dices, dijo Alberto en tono exasperado.

Por unos segundos el bar quedó en total silencio. La voz de una mujer, sentada al lado de una radio, quebró el incómodo momento.

-Todos a tomar o que cada quien se vaya para su hamaca.

Se trataba de Ernestina la dueña del bar. Ella llegó allí cuando tenía dieciséis años y se ha quedado toda su vida. Se enamoró de Carlos, el dueño del bar, un hombre mayor que ella que había muerto diez años atrás. Desde ese entonces ella regenta el negocio. No pudo tener hijos con Carlos y él le fue un hombre fiel por lo que no tenían descendencia.

-Alberto, vente pa'cá, que quiero conversar contigo, dijo seguidamente Ernestina.

Alberto se quedó sin moverse, mirando fijamente al hombre impertinente, esperando alguna respuesta.

Impetuoso, borracho y enojado, Alberto dijo: -te apuesto a que te vayas de Santa Isabel si me dejo sacar cinco muelas sin anestesia y además te retractas de llamarme charlatán.

Todos miraban hacia aquella mesa y no se oía ni el revolotear de una mosca.

-¡Acepto, embustero!, contestó el forastero.


El bullicio impregnó el lugar. Empezaron a correr las apuestas, entre todos los hombres que estaban en el bar, mientras buscaban a un dentista que vivía en el caserío.


Alberto se sentó, pidió una botella de ron, y se reía a carcajadas con sus relucientes incisivos.

Ernestina hizo señas para le llevaran la botella de ron.

Cuando llegó el dentista le explicaron la apuesta de Alberto. El hombre negó con la cabeza y empezó a sacar el instrumental porque sabía que ya no podía hacer nada.
Alberto tomó a pico de botella un buen trago de ron y dijo –empiece!

Justino, el dentista, agarró la tenaza en suman derecha y se dirigió a la boca abierta de Alberto. Eran las cinco de la tarde, sacó una muela. Alberto escupió en el piso un chorro de sangre, se retorcía del dolor, tomó nuevamente un trago de ron más largo que el primero y dijo –saque la otra, doctor.

Justino, volvió a acercarse a la boca hedionda a ron de Alberto metió la tenaza y de tres tirones sacó otra muela.

Alberto se levantó de la silla y cayó al piso. Todos en el bar se reían menos Ernestina. Logró incorporarse y dando traspiés llegó nuevamente a la silla. Veía borroso pero estaba empecinado en ganar su propia apuesta.

La saliva se mezclaba con la sangre en su boca; era una imagen dantesca. El forastero no podía creer lo que estaba viendo. Justino, nuevamente, se preparaba para ir a otra muela de Alberto pero él lo frenó con un gesto de su mano.

Otra vez, el bar quedó el silencio. Alberto buscó la botella de ron y un largo trago entró a su garganta, cayendo en su camisa sucia parte de la dignidad que salía por su boca.

Con tres fuertes tirones la tercera muela fue arrancada en carne viva de la encía de Alberto.

El forastero al ver aquello se levantó de su silla y dijo –no siga me voy del pueblo.

Alberto, inmediatamente, le dijo:

-Ahora sabe que mis historias son verdaderas. Retráctese y ¡Váyase!

Alberto estuvo desmayado por más de diez horas. Al despertar se encontraba en una cama y el rostro estaba desfigurado por la hinchazón.

Ernestina lo estaba cuidando. Le tenía unas compresas de hielo para colocárselas en la cara.

Alberto miró a su alrededor. Hizo un gesto de sonrisa para Ernestina y le preguntó: gané la apuesta?

Ernestina se echó a reír. Se asomó por la ventana y gritó: -ya despertoooó!

Al unísono se oyó una algarabía en la calle.

Ernestina miró a Alberto que aún estaba desubicado y le dijo en tono de júbilo: -Ganaste la apuesta. Lo obligamos a disculparse contigo y lo echamos a patadas de Santa Isabel, junto con sus amigos. La gente te esperando para celebrar porque todos apostaron por ti.

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